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LA CARRERA
La pista está lista, como esperando ser recorrida por las negras ruedas de los automóviles. Los conductores, detrás de los volantes, cargan más adrenalina a medida que transcurren los segundos. Ninguno atina a mirar a los costados, ni siquiera de reojo, solamente la vista puesta hacia delante, al frente, tratando de adivinar lo que hay más allá de la loma. Los semáforos tienen sus luces rojas encendidas, es muy poco el tiempo que falta para que cambien de color. Se puede escuchar el rugir de los motores preparándose para la partida y hasta se puede percibir el latido de los corazones de quienes están pisando los tres pedales, simultáneamente, aguardando el momento sublime y supremo de salir, lo más rápidamente posible, para sacar ventajas sobre los otros… De pronto, como sorprendiendo, las luces verdes dan la autorización para partir, a todo motor, pasando a sus oponentes por donde sea con tal de arribar primeros a la meta. Ésta, que parece ser la crónica de la largada de un gran premio de automovilismo, no es más que la descripción, cabal y concreta, para nada exagerada, de lo que ocurre en cada esquina de las avenidas o calles de la ciudad. Y se anotan todos: automóviles, camionetas, colectivos, camiones, motos y ambulancias. Si le preguntáramos a cada uno de los alocados conductores, que protagonizan en cada luz verde semafórica una emulación de las largadas de grandes premios de automovilismo, sobre cuál es la urgencia que argumentaría esta desenfrenada actitud velocista, no sabrían responder. Porque no hay nada que justifique el hecho deponer en peligro, no sólo su propia vida, sino la de todos los que acierten a circular por esos sectores. Las calles de la ciudad no son circuitos para probar la velocidad o potencia de los vehículos. Debemos concientizarnos definitivamente que, hay necesidad de llegar temprano a algún lugar, lo más sensato es salir antes y conducir con mesura, respeto y consideración. Dejemos de engrosar las fatales estadísticas de graves accidentes. Aprendamos a respetar las reglas de tránsito, pero también aprendamos a respetar la vida. Por eso es importante que tomemos conciencia del peligro que representan estas conductas temerarias desprovistas de todo sentido.
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