|
|||
| La discusión |
|
La espera para cruzar la frontera se hacía interminable. Largas colas de vehículos deseosos de ser atendidos para realizar los trámites pertinentes y poder ingresar al país. El intenso calor hacía más penoso el hecho de estar aguardando el momento del control y el ambiente dentro del automóvil se iba enrareciendo y cargando de ondas negativas. Hasta que, por fin, llegamos hasta la ventanilla donde debíamos registrarnos y, como tratando de ganar tiempo, le alcancé los documentos de quienes íbamos viajando. -¿Cinco personas? ¿Usted tiene idea de lo que me cuesta registrar cinco personas en esta computadora? Mire, los datos en la pantalla no se distinguen, el programa es lento y, para completar, el sistema se planta en el momento menos esperado… Y ¿ustedes vieron la cantidad de gente que cruza por acá? Estuve al borde de una contestación que al principio entendí como lógica y casi le dije: “Perdón por ser tantos en el vehículo, pero usted está para esto y, si no le gusta, puede dejarle el lugar a otro que quiera y pueda hacer el trabajo”. Pero me frené, e hice lo que debería hacer siempre que me hallo a punto de entrar en una discusión, me pregunte: ¿Cuál es la razón por la que se puso así? Casi simultáneamente capté lo agobiado que se sentiría, y le dije lo que salió en ese momento: -¡Qué impresionante cantidad de gente! Esa frase fue la que lo desarmó y su agresividad desapareció como por arte de magia. -Si, ¿vio? Y yo estoy sentado acá desde la madrugada, sin poder moverme y el relevo, que debía haber llegado hace una hora, todavía no apareció… La descarga emocional siguió mientras anotaba nuestros nombres y números de documentos. Cuando terminó, me alcanzó los documentos, me pasó la mano y nos deseó buen viaje con una gran sonrisa. ¿Cuál es su reacción cuando le dicen algo fuera de lugar? ¿Qué hace cuando es el destinatario de una ofensa o una injusticia? ¿Mastica la bronca y se queda callado sin atinar a decir algo? ¿O hace estallar su reclamo, airado y estentóreo, y después pide disculpas por haberse excedido y por arrepentirse de ello? Es tan lógico, hasta podría decirse instintivo, reaccionar cuando nos atropellan y nos hacen blanco de toda clase de malos tratos. Está dentro de nuestra naturaleza resistirnos a esas actitudes. Pero, ¿qué es lo que sacamos en limpio? Nada, absolutamente nada. Lo que conseguimos es “engancharnos” y cargarnos de rencor y odio por llevar adelante una discusión que, aunque la ganemos, nos dejará un sabor muy amargo y nos quitará tiempo valioso que podríamos haber ocupado en cosas más alegres y satisfactorias. Muchas veces deberíamos arriar nuestras banderas de quejas y reclamos, para llegar a un mejor entendimiento con quienes nos rodean y conviven con nosotros en este apabullado mundo.MGT/10.- |





